Si has trabajado con clientes, esas personitas a las que tienes que asesorar, convencer y explicar muchas de tus decisiones, habrás tenido la sensación de que a veces tu trabajo se parece más a evitar que se peguen un tiro en el pie que a otra cosa.

Como ser la niñera de Froilán.

Bueno, supongo que es un daño colateral de tener un trabajo intangible y "moderno". Nadie cuestiona al charcutero, el chóped es chóped y ya está, no tiene interpretaciones.

Claro que no todos son así, he tenido clientes maravillosos. Gente que no ha entendido cuando les he llamado para decirles "Oye, hasta aquí. Ya he hecho todo lo que podía hacer en tu proyecto. No voy a cobrarte más".

Gente que tiempo después me ha escrito, para darme las gracias por «como iba lo suyo». Para decirme que les había hecho ganar pasta. 

Pero eso a ti te da igual, lo entiendo. A todos nos gusta más el barro. Las mejores canciones son las de dolor, las de sufrimiento, las de desamor... 

¿Estás feliz y enamorado/a? - que te jodan Teletubbie. No me puedes obligar a ser feliz, a mi enséñame tu miseria y negrura.

Pero no, todo esto no es un lloriqueo. No vengo a quejarme de los clientes que me hacen sufrir. Esos a los que yo llamo «cliente dementor». Tampoco quiero tu complicidad en este asunto, tú lidia con lo tuyo y yo con lo mío. Lo que quiero contarte es mucho más valioso, y yo lo aprendí gracias a este tipo de clientes, a los malos… Bueno y a un disco duro con películas de Billy Wilder.

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Qué es «el público objetivo», el ejemplo que te hará entender todo

Sí amigos, dejadme que os presente el maravilloso palabro que te puede hacer perder mucha pasta: el público objetivo.

Saber cuál es el target al que te diriges cuando haces una acción de marketing es muy importante, pero quizás es más importante saber lo siguiente:

Tu público objetivo no eres tú

Quizás con esa frase, podría resumir en esencia todo este montón de letras que te estás metiendo entre pecho y espalda. Pero hay toda una serie de historias detrás que me han llevado a darme cuenta, de que quizás, algo tan obvio resulta sumamente complejo de entender a la mayoría de personas con un negocio online.

Muchas veces me he encontrado con la siguiente situación:

Reunión con un cliente al que le estás explicando la estrategia que vas a implementar en su web, en base a unos datos que has obtenido previo estudio y a unos conocimientos adquiridos que te permiten tomar una decisión. Vamos, lo que es hacer mi puto trabajo ¿no?

Pues bien, en estas situaciones, un cliente de los buenos te dice:

 “Ok, majo. Adelante, a ver si tienes razón”.

Esto no es así con los clientes dementores. Estos te lo cuestionan todo, y lo peor es que se basan en nada:

Estas son algunas de las respuestas que he tenido de algunos clientes, que te desmontan horas de análisis y estrategia con un “Yo creo que…”

Y lo peor, es que cuando les preguntas en qué se basan para decir esto o aquello, siempre te contestan lo mismo: “Ah no, no tengo datos, pero yo creo que es así".

Cojonudo.

Y claro, como chico educado que soy, no puedo decir: “Tú no tienes ni puta idea Manolo, tú al chóped y déjame la web a mi".

O...

“Señor entrepreneur, que tu público objetivo no eres tú. Que a mi me da igual que te guste Franz Ferdinand y los pendientes de coco, que estás vendiendo andadores, no entradas para el Viñarock".

Eso no puedo decirlo, claro. Tengo que explicarles que necesitan conocer a su público objetivo.

A mí también me costó entenderlo.

Pero tú, que estás leyendo esto, por favor, no seas como Manolo el del chóped. Ni como yo cuando iba al Instituto. Allí aprendí que no comprender quién es tu público objetivo tiene sus consecuencias. En mi caso romper una amistad, en el tuyo, perder dinero.

Te lo cuento rápido.

Cuando estaba en el San Isidro (así se llama el Instituto donde estudié, lugar por el cual han pasado personajes ilustres como Pío Baroja, Pedro Salinas, Camilo José Cela, Lope de Vega, Quevedo, Calderon de la Barca y más recientemente Santiago Segura o yo… Parece que han ido bajando el listón) había un bar cerca en el que pasaba más tiempo que en clase. Que quieres que te diga, ya era un bohemio con 17.

En ese bar trabajaba mi amigo. Él vivía solo y nos pegábamos unas buenas juergas, daba igual si era martes o sábado. Pero aparte de la cerveza, no nos unía mucho más. Así pasó, que tuvimos una amistad vacía que se prolongó en el tiempo. Un día me dio un disco duro para que le metiera películas “guapas” porque se tenía que pasar todo el mes de agosto en Madrid él solo.

Verás, cuando eres rarito como yo, te cuesta mucho encontrar gente con la que conectar intelectualmente, que tenga gustos como los tuyos e inquietudes a la par con las tuyas. Suena pedante, pero es así. Esto lo sé ahora, cuando era adolescente no.

Así que me tiré 3 días preparando el mejor recopilatorio de “pelis guapas” para mi amigo.

Le puse todo lo que tenía de Billy Wilder, Ser o no Ser, Casablanca, El Golpe, Monty Python, Toma el dinero y corre, alguna de Chaplin, los Hermanos Marx…

Pero también “pelis guapas modernas”... Amelie, Pulp Fiction, La vida es bella, Uno de los nuestros. Y alguna que otra joya que le dije que tenía que ver especialmente, como Night on Earth de Jim Jarmusch.

Joder, que pedazo de disco le preparé.

Invertí muchas horas, algunas las tenía en DVD y las tuve que pasar al ordenador, otras las tuve que descargar del Emule, yo que sé, no había Netflix.

Ese mismo lunes, yo me iba de viaje. Le dejé el disco en el bar. Sabiendo que había hecho bien mi trabajo. Satisfecho y realizado, me fui de vacaciones.

A los dos días, me llamó. La conversación fue más o menos así:

— “Alfonso, estoy viendo las pelis del disco ¿qué mierda es esta tío?”

— “Pues hay de todo, ¿ya has visto las que te dije?”

— “Pero si son en blanco y negro, cómo quieres que vea esa puta mierda".

— “Estás gilipollas, pontelas, tío. Las de Billy Wilder son la ostia, tienen unos diálogos brillantes".

— “Pero qué diálogos ni que ostias. No hay ni una de “Fast and Fourious” o de Bruce Willis, joder, es que ni la de Iron Man me has puesto. Son todo películas raras, y antiguas tío. No hay ni una “guapa”. Vete a tomar por culo".

La conversación terminó aquí, la amistad duró algo más, pero terminó peor que una peli de esas “guapas” que le gustaban a él.

En definitiva, mi error fue no conocer a mi público objetivo. Estaba preparando un disco de pelis para otra persona, sin diferenciar mis gustos de los de “mi audiencia”. Aprendí que lo que yo entiendo por “pelis guapas” otros lo ven como “pelis de mierda en blanco y negro”.

También aprendí que los gilipollas no saben apreciar el buen cine.

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2 Comentarios 👋
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Esther

Hola Alfonso, gracias por el post. Tener claro tu público objetivo es importantísimo. Pero cómo lo puedo averiguar en mi caso, cuando tienes un producto o servicio que puede interesar a un rango tan amplio de clientes, como es, por ejemplo, un viaje?. Gracias anticipadas.